Hoy, que está nevando, he capturado un cristal de nieve con mis manos para ver su desaparición instantánea, pero no lo ha hecho.
Extrañado, no se me ha ocurrido mejor idea que ponerlo sobre un lívido y triste papel de escritorio y aún así se ha resistido a marcharse.
¿Por qué estás tan triste? Le pregunto como si pudiera oírme o entenderme, pero no lo hace. Solo existe y existirá en el papel de este escritorio esta noche de nevada y no tiene por qué responder. Sé bien que si alejo el papel de él, morirá, pero ya no quiero pensar en eso. En algún punto inexacto de esta fugaz convivencia he desenvuelto un cariño.
Siendo todo, menos viento y dibujante, me propongo hacerlo feliz. Trazo líneas rojas que le acompañen y noto que imitan bien a un cabello, pero la tristeza no se va. Entonces, a ambos lados y singular equidistancia convengo dibujar la figura de dos lazos azules, y aún con eso, el cristal sigue triste. Sé feliz, le susurro, mientras le dibujo una sonrisa próxima, y el cristal de nieve es feliz y muere.
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