No siempre me gusta llamar a las cosas por su nombre. A veces suelo ir a través de ellas, les quito la seriedad, les pongo mi toque sardónico, lo intento ridiculizar, muchas veces lo logro, y todo termina en el absurdo. Es por eso que no les digo a los psicólogos, psicólogos sino "mentalistas". Voy, si no me equivoco, por la tercera persona que intenta entenderme a nivel profesional, o tal vez es la cuarta. No llevo un historial de esto como sí de otras cosas. Supongo, en todo caso, que habrá una quinta y una sexta ocasión, cada tanto en que me sienta debilitado, frágil, incapaz de someterme a mí mismo y recordarme que soy, entre otras cosas, Julián Mandujano.
La primera vez que fui a un mentalista era de mañana. Me escapé del trabajo, había tenido una discusión, de las tantas que he tenido todo este tiempo, y fui para entrevistarme con algún psicólogo de turno en un hospital local. Ya había sido presa de la ansiedad, mi madre me había llamado loco, mis hermanas no sabían cómo tratarme, creo que nadie lo supo. Yo estaba angustiado, imagino que la gente pensaba que estaba haciendo alguna pose para librarme de algún problema inminente, pero no. Me sentía mal, muy mal. Toqué puertas, no muchas, pero sentí que ninguna se abrió. Salvo una, que produjo en mí una renovada fe por una revelación mariana. Que sí, me dio consuelo y algo a lo que aferrarme y a lo cual me aferro aún. Todos necesitamos algo a lo que sujetarnos, incluso yo, que cargo con un océano de contradicciones encima y mi apostasía ejemplar, obviamente.
Había puesto en mi entrevista con el mentalista todas mis esperanzas de encontrar algún tipo de solución, refugio, consuelo o a lo sumo alguna herramienta práctica con la que enfrentarme mejor a mis flaquezas. Entré al lugar aquel y pedí una atención urgente que por supuesto no me negaron. Era una mujer mayor, creo que entre cincuenta y tantos años. Le conté lo que consideré era mi problema. Fui amplio en describir mi forma de ver la vida, mis manías, mis ritos secretos, mi manera de actuar, mi miedo a morir. Recuerdo haberla visto reír. Mis desgracias sazonadas con un poco de humor hicieron reír a alguien. Entendí, en ese momento, que no había nada que hacer. Me recomendó ir con un psiquiatra a despistarme algo más complejo, cosa de rutina según ella, y luego volver para iniciar un exhaustivo descubrimiento de mí mismo. No volví, por supuesto.
La segunda vez que fui con un mentalista era de tarde. Había ido con mi madre a la clínica asiática a la que suelo ir cada vez que siento la muerte venir. Mi madre, que ya me había llamado loco, me recomendó esta vez tener una charla con alguien sin importar quién. Supongo–le dije–que tienes miedo que le prenda fuego a algo. La oficina era de un color amarillo triste, algunos le dicen crema, las paredes sin ningún tipo de decoración. Me sentí cómodo. Yo también detesto los cuadros– bromeé. Sonrió. Supe entonces que sería todo como la primera vez. Me lancé a contarle mis aventuras por la vida, en un paisaje muy panorámico de quién soy, a qué me dedico, qué me gusta, qué odio y qué detesto. Rompía a reír con mis aventuras desventuradas. Yo reía con esta persona. Me recomendó conversar más a menudo, me soltó su número personal en una tarjetita blanca, para concretar citas profesionales. Al salir, mi madre me vio colocándome la levita de paño negro preguntándome con los ojos –¿qué tal? – A lo que le dije – Soy demasiado listo para estas personas, obviamente.
La tercera vez que fui con un mentalista era sábado. Había vuelto a tener mis episodios de ansiedad, la idea de morirme me atormentaba de nuevo. Claramente esto no iba vinculado con la idea de matarme, porque yo me aferro a esta vida con uñas, dientes, y todas las cosas que sean posibles. Lo único cierto es que me voy a morir, pero no voy a dejar que la puta esa me lleve tan fácil. Me preguntó por qué estaba ahí, le expliqué los detalles de mis aflicciones, que había vuelto a visitar sendos consultorios pensando que por fin, en el juego perverso de las escondidas con la muerte esta había dado conmigo. Fui abierto en declararme dramático, flemático, paranoico, cáustico, contradictorio, hiriente, sardónico o mi afición por hacerme el tonto. Expliqué el cómo y por qué de mi admiración y cariño hacia mi abuelo materno. De mi consternación de encontrarme similar a mi abuelo paterno manteniendo la vida ermitaña de mi otro abuelo. De mi soledad, de mis aciertos, de mis fracasos, de mis asuntos pendientes. Todo a lo cual, mi mentalista, una mujer joven, del austral país, sonrió, por supuesto.
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