Sentado en el sofá, equidistante a un metro con veinte centímetros de la pared izquierda de su habitación, con dirección al sur, Julián Mandujano lee lo siguiente una noche de octubre:
Estimado don Julián,
Es interesante leer las cosas desde su perspectiva. Los mentalistas – como nos dice– sonreímos, no porque nos burlemos de sus desdichas, simplemente algunos queremos ser amables y reflejar confianza a fin de que nos proporcione datos que den con el quid de su problema. Tengo que añadir, que su confianza e ironía en sus dichos y relatos, no nos ayuda mucho.
Creo que si fuera el caso de que usted entrara a consulta con la desilusión y lágrimas propias de los pacientes promedio, no obtendría las sonrisas que tanto le son incómodas, sino contención.
Distinguimos muy bien que, al no recurrir a nosotros con las características arriba descritas, que usted no es un paciente regular. Es decir que no nos relatará sus anécdotas con tristeza y que mucho menos romperá a llorar al hacerlo. Lamentablemente nadie tiene, ni puede tener, en su historial médico, un antecedente de cómo es usted, ni de lo que piensa. Así que, por todo ello, extiendo una disculpa por toda la comunidad médica, no somos negligentes, simplemente intentamos ser amables con usted.
Muy apreciadamente,
DK
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