He comprado por primera vez en mi vida un reloj tipo pulsera muy mágico. A este reloj le he comprado también una correa (o malla) igual de mágica, fabricada en base al cuero de una vaca de tres manchas. Cada una con forma de triángulo isósceles y sacrificada en una noche de cuarto menguante en su natal Colombia, mientras un monje benedictino antioqueño del monasterio Santa María de la Epifanía recitaba en latín algunos versos de los aderezos católicos para enviar a la vaca en cuestión al cielo, como ofrenda de paz, a nuestro creador, el Dios Católico. Tanta magia me hace sentir culpable. Como hoy, que uno de mis compañeros de oficina se acercó a preguntar el valor del artilugio que ato en mi muñeca derecha, dándome tentativos precios, harto lejanos de la realidad. Miento, por supuesto, porque lo cierto es que tal obscenidad no debe ser dicha y prefiero comentar que me lo han regalado y por tanto me es ajeno el precio.
Si él supiera que he sido yo, en mi momento de arrebato consumista quien lo ha comprado. A mi rara vez alguien me regala algo, tal vez esta declaración sea una evocación inconsciente a mi necesidad de que me sorprendan. Pero ha sido casi siempre así, aunque aprovecharé para hacer una excepción, una extraordinaria y oportuna mención al boxset del "Living in Material World" que me regaló, luego de mucho caminar por Buenos Aires, mi novia argentina, mi chica del austral país. Dios, que siempre tendrá acento porteño por tu causa, te cuide, y te de una maravillosa, una maravillosa vida.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
También puedes opinar...