viernes, 18 de noviembre de 2022

Diario del Capitán XXXVIII

Mi madre, que me quiere mucho, suele quejarse de mi apariencia extraviada, de náufrago, de indigente y señala que parezco a un vagabundo, que nadie puede dar crédito de quien realmente soy. Sus amigas viudas, todas ellas, tienen hijos ideales que visten con esplendor y que sobre todo recortan su cabello como mínimo una vez por mes. Repite, como si fuera un mantra, que no sabe a quién he salido yo, porque ni ella ni mi padre son así. Largo a reír, pues mi madre es muy expresiva en gestos, movimientos y los adjetivos nunca le son escasos. No mentiré, pero me divierte llevar el cabello largo para atormentarla, suelo desordenarme frente a ella, diciéndole que soy parte de las tendencias, de la moda, del glamour moderno y me entretengo señalando cuando un personaje en la TV tiene mi mismo estilo o le envío, también, fotografías al móvil de personas tan desasistidas de un peine como el ex primer ministro del Reino Unido o el errático y furibundo argentino, tocayo mío en iniciales, Javier Milei. Rendida, en su mala suerte y en la habilidad que tengo para hacerla reír, ríe conmigo y se resigna. Lo lamento, mamá, soy tu hijo fallido.

Lo real es que si me corto el cabello, pero siempre es en plazos confusos. Suelo ir a la misma peluquería, a visitar al mismo peluquero, para pedir siempre lo mismo, desde hace veinticuatro años. Jaime, que es el nombre de mi peluquero, conoce bien las asimetrías de mi cabeza y sabe siempre donde colocar sus tijeras. Tanto tiempo Jaime, hoy que has dejado todos los instrumentos de tu oficio en la mesa del negocio ¿qué será de mí? Buscaré a alguien que pueda acercarse a tu talento sin sentirme satisfecho. No hay nada más triste para un hombre de rutinas y fijaciones que cambiar algo establecido y sellado en el tiempo. Vuela alto, mi amigo.

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