Hubo un tiempo en el que me escapé contigo. No llevé mucho, casi nada, y aun así fue suficiente para no volver. Crucé la puerta del dormitorio, bajé las escaleras, cerré el portón y me fui. No avisé a nadie; no hacía falta. Lo único que quería era irme contigo, perderme contigo, desaparecer a tu lado. Volar.
A diferencia tuya, mis asuntos en la Tierra nunca fueron, ni son, tan importantes como los tuyos, y esta increíble carencia de ataduras me permitió irme pronto, sin protocolos ni molestias. Por tu lado, a pesar de todo, de las contrariedades de tu vida, de tus compromisos grabados en minerales preciosos, te animaste a acompañar a este loco viajero, a este triste individuo de traje y corbata que andaba a vuelo por todos lados. Te viniste a contemplar océanos sin nombre, atardeceres imaginarios y un número alarmante de situaciones imposibles que hoy forman parte de una serie de recuerdos que se atesoran en una de tantas piezas que componen mi memoria.
Es en una de esas piezas donde puedo encontrarte cada vez que me acuerdo de ti: bailando conmigo bajo las estrellas. ¿Recordarás que te tomé de la mano y me sentí tan cercano a ti que hasta creí oír los latidos de tu corazón? eso me hizo sonreír; como sonríe quien no sabe sostener tanta cercanía, como sé sonreír cuando el nervio me delata y me hace débil. Estabas tan hermosa que las estrellas fueron menos brillantes esa noche, y la inmensa selva sudamericana sintió envidia del verde, tan verde, de tus ojos infinitos. Ahí estuve yo de nuevo, repitiendo, como antes, aquella frase mil veces usurpada: «Lo esencial es invisible a los ojos». Aspiro a que, sin habértelo dicho, entendieras el sentido , origen y fin de mis palabras, aunque para esto, te haga falta la locura de la cual siempre me lleno los bolsillos. Siempre te vi como algo real; siempre tuviste el sabor de algo real.
Todo mi tiempo contigo fue así, mágico, real y maravilloso, hasta el aciago día en el que tuve que levantarte del sueño tan abruptamente, porque el último tren abandonaba París. Lo lamento: fui yo. Siempre soy yo el que se va primero. Escapé hacia el desierto y me quedé detrás de las piedras para echarte de menos. Hoy, que me acuerdo de ti, pienso que solo Dios sabe cuánto te quise.
Desde aquí, en las arenas del desierto que se entrelazan a mi cuerpo a mi como nuevas venas y arterias, es donde mi mente busca consuelo y recuerda la muy conveniente teoría de los infinitos universos paralelos. Seguramente, entre ellos, existe uno el que seguimos de viaje. En otro, soy un payaso maniqueo y tú, una funambulista lúcida. En algún otro, llegué a ser almirante: surco todos los océanos vistos por los hombres y, cada vez que puedo, me detengo a husmear en las tiendas del puerto a comprar artilugios y piezas magnéticas para ti, para el día en que te vuelva a ver. Pero, de entre todos ellos, el que más me gusta es aquel en que volvimos juntos: te enseñé el portón, las escaleras y la puerta del dormitorio; nos acostamos en la cama; te di un beso en la frente y nos quedamos quietos, muy quietos, mirando la vida pasar, pero siendo felices… muy felices.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
También puedes opinar...