Desde la ventanilla de este artefacto metálico, suspendido en el aire como por magia, contemplo las nubes, el sol y la inmensidad del cielo. Allá abajo nadie sabe de mí; nadie conoce mi historia. Nadie imagina quién soy ni por qué estoy aquí.
Pero yo voy sobre ellos, en dirección opuesta a la muerte del sol, tan lejos como ningún Mandujano vivo haya llegado jamás. Allá me voy, cruzando ahora la profunda oscuridad atlántica que nos envuelve, sin más equipaje que unos cuantos trapos y la historia improbable de mi dinastía centenaria, que se apaga a medida que nos marchamos quienes llevamos el ilustre apellido de la familia de mi padre. Un apellido tomado por mis ancestros, esclavos, a algún empresario portugués, en tiempos de la inmigración china al Perú.
Y ahora que todo está oscuro aquí dentro y allá afuera, pienso en el alivio de saber que, después de mí, no quedarán más como yo en la Tierra, y que esta por fin descansará de mi estirpe. Tanto trabajo, tanto ruego, tanto lamento para terminar de esta manera, papá. Yo te fallo a conciencia, sin remordimientos, tan solo para poder contártelo cuando nos veamos allá donde vamos todos los Mandujano: el infierno.
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